«Para regenerar la piel hay que dañarla. Cuanto mayor es la agresión, mayor será la regeneración.»
Es cierto que ciertos procedimientos funcionan generando una lesión controlada que despierta la reparación del tejido. Ahí no hay discusión. El error es la regla que se construyó encima: que a más daño, más resultado. Eso no es verdad. La respuesta de la piel depende del estado de su barrera, de la inflamación que ya arrastra y de la energía que le queda para repararse. Una piel sin reservas no regenera más cuanto más se la castiga: se inflama más y repara peor.
¿Cómo lo combate POOM?
No renunciamos al estímulo. Lo ordenamos. Primero devolvemos a la piel la capacidad de responder; solo después la estimulamos. La regeneración no empieza cuando aplicamos un activo, empieza mucho antes: cuando preparamos el tejido para recibirlo.
La ciencia lo respalda: la reparación de la piel es una cascada que arranca con una señal de inflamación controlada. Cuando esa inflamación se dispara por encima de un umbral, el tejido deja de repararse y entra en daño crónico. La inflamación innecesaria siempre tiene un coste biológico.